
El patrimonio artístico lo conforman bienes que son testimonios simbólicos de la humanidad en un momento de su historia. La conservación y restauración de las obras de arte han alcanzado en los últimos treinta años tal grado de especialización en técnicas y conocimientos que los procesos semejan operaciones quirúrgicas programadas sin oportunidad de error. Los restauradores se convierten en cirujanos del arte. Tanto la conservación y la restauración atienden a la función de salvamento de una obra de arte bajo una premisa: la mínima intervención necesaria para frenar su deterioro y que toda intervención sea reversible.
La Virgen, el niño Jesús y Santa Ana, de Leonardo da Vinci, es un cuadro propiedad del Museo del Louvre que hoy es eje de una gran polémica a causa de una controvertida restauración a la que está siendo sometido. En 1993, los conservadores del Louvre decidieron que era necesario limpiarlo ya que los rostros de la virgen y el niño estaban desapareciendo, el manto se difuminaba por demás y hacía falta quitar algunas manchas. Recien en 2010, tras una larga fase de estudio, el comité de 20 reputados expertos y asesores internacionales que trabajan para el Louvre consideró que había llegado el momento de tocar la tela. Pero los desacuerdos fueron surgiendo en seguida, a medida que avanzaban los trabajos de limpieza y se decidía cómo seguir y hasta dónde llegar. Los distintos criterios han hecho renunciar al proyecto a dos eminencias: Ségolène Bergeon Langle, ex directora de conservación del Louvre y de los museos nacionales franceses, y Jean-Pierre Cuzin, ex director de pintura del Louvre, quienes afirman que el grado de limpieza ha sido demasiado agresivo, se han "rellenado huecos" y la intervención ha sido demasiado drástica, cambiando radicalmente la obra en cuestión.
¿Qué ha pasado realmente con esta pieza? La verdad será revelada en marzo cuando el Louvre vuelva a exponer el cuadro, uno de los más complejos de Da Vinci y que, según Freud, certificaba la homosexualidad del genio renacentista.


