La primera vez que Ulay vió a Marina fue en 1976 en Amsterdam. Ella estaba desnuda en público y se dibujaba con una cuchilla en el vientre la figura sangrante de una estrella, símbolo comunista. Fue más que un amor a primera vista. Ella era serbia, él alemán. Ambos nacieron un 30 de noviembre de años distintos. Se dedicaban, de alma, al naciente y marginal arte del performance. Se unieron carnal y espiritualmente y decidieron formar una especie de dúo artístico que llamaron “El Otro”. Pocas veces en la historia del arte una relación afectiva entre dos artistas ha dado tantos frutos a nivel creativo. Su complicidad y atracción, así como su excelente sintonía y entendimiento, les hizo crear un núcleo de trabajo centrado en su propia relación como pareja. Juntos pasaron años felices pero dificiles, su arte no les daba casi para comer.
En 1988 realizan una última acción en conjunto, The Lovers, comprometidos íntimamente con lo simbólico y donde aparece la idea de desgaste físico, pero también emocional. Marina y Ulay empezaron en solitario en dos extremos de la Gran Muralla China (él desde el desierto de Gobi, ella desde el Mar Amarillo) una larga caminata de 2.500 kilómetros que los llevaría a encontrarse en el centro. Cuando se encontraron, la pareja consumó su separación. Tras el abrazo final dejaron de verse y hablarse durante 23 años.
Mutuas infidelidades habían precipitado el final y los llevaron por caminos diferentes. Ambos continuaron sus carreras, Marina triunfó, Ulay no tanto.
El año pasado el MOMA presentó una retrospectiva de Marina, The artist is present, a la que asistieron 850.000 personas a lo largo de tres meses. Marina Abramovic pasó 176 horas y 30 minutos (durante todas las jornadas completas en que el museo estuvo abierto al público con su exposición) sentada en silencio en una silla mientras los visitantes, uno a uno, ocupaban la silla de enfrente y le sostenían la mirada durante unos minutos. La gente hizo cola noches enteras, días, para tener esa experiencia. Ella apenas se movía, pero les respondía con una mirada intensa y atenta, con tiempo y silencio. Uno de esos visitantes fue Ulay, después de 23 años después se reencontraron cara a cara.
Les dejo el video de ese momento, si tienen tiempo veanlo hasta el final, simplemente conmovedor.

